Punto final
A
estas alturas, es difícil hablar de Sabina, sin redundar en una serie de tópicos
que todos saben ya de antemano. ¿Quién no le conoce? Si hablase en este momento
de la plaza de armas de alguna ciudad, me resultaría más sencillo, sin duda, mencionar muchas mas cosas
que nadie sabe.
No obstante,
no es mi intención escribir sobre Sabina, al menos, no del modo en que lo hacen
los redactores de introducciones sobre el autor tal o cual, en algún libro famoso.
Sino por el contrario, quisiera escribir sobre una arista concreta de un poema
suyo, que si bien, es improbable que sea siquiera parcialmente, el sentido que
el autor pensó al escribirle, o en el largo tiempo de existencia y de lectura y
relectura de este.
Se
trata del poema de Joaquín Sabina, que ahora mismo, a la letra copio, y que si
bien, estoy consciente de que existe otra versión más difundida, quizá es justo
esta la que mejor expresa lo que ahora quisiera yo plantear.
Puntos suspensivos
Lo peor del amor cuando termina
son las habitaciones ventiladas,
el puré de reproches con sardinas,
las golondrinas muertas en la almohada.
Lo malo del después son los despojos
que embalsaman al humo de los sueños,
los teléfonos que hablan con los ojos,
el sístole sin diástole ni dueño.
Lo más ingrato es encalar la casa,
remendar las virtudes veniales,
condenar a la hoguera los archivos.
Lo peor del amor es cuando pasa,
cuando al punto final de los finales
no le quedan dos puntos suspensivos.
El texto es bastante claro, habla de
un amor que ha concluido. Pero, ¿Cuáles son los amores que concluyen? ¿Solo aquellos
que se dan entre un hombre y una mujer, y que comienzan en llamas, y suelen
concluir en gélida ausencia? ¿O los hay otros, que son igual de ingratos al fenecer?
¿Qué hay de aquellos amores, mas
ingenuos y mas longevos? ¿Qué hay del amor hacia un padre o una madre, que en
el lecho de muerte se te ha ido, y no volverá jamás?
Si lo pensamos, en ese contexto, el
poema conserva su poder, y acaso es mucho mas triste porque su final, es mucho
mas categórico. Alguien puede volver del divorcio, de la separación física y
material al otro lado del mundo; ¡alguien puede volver de la Conchinchina! Pero
nadie regresa de la muerte.
Y cuando eso ocurre. Cuando se ha
clavado el ataúd, y nuestro primer amor descansa inerme bajo la tierra, frio y
solo, no hay puntos suspensivos posibles, ni remotamente. Todo ha concluido; jamás
se le volverá a ver, jamás se le escuchará hablar. No existirá palabra por
decir, si no se le dijo en su tiempo; del mismo modo en que aquella palabra dicha,
buena o mala, permanecerá imperecedera en su tiempo y su espacio, para siempre.
El punto ha sido final, e inamovible. Y
lo que queda es ordenar sus cosas, que ya no son suyas. Hacer vida propia, que
ya no es lo que era. Deshacerte de las rutinas compartidas, de las
preocupaciones mutuas, y continuar desde cero, en lo desconocido. Y es
justamente en lo desconocido, puesto que nadie conoce la vida antes de que
hubiesen existido sus padres, y no se puede retomar aquello que nunca se hubo
empezado.
Y así andamos a
tientas, por un mundo que sabíamos que llegaría, pero que de todos modos nos
resulta ajeno. Y no nos queda mas remedio que, andar, y esperar, y perdonar, y
perdonarnos. Puesto que ya a esa historia, solo le resta el recuerdo sin puntos
suspensivos.
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