Matando a la belleza

 


Hace algún tiempo (un par de meses, tal vez), escuche una crítica a Edgar Allan Poe, y no una crítica a su impecable estilo, o a su talento creativo indudable. Fue una critica a su vida personal. Y el tema versaba mas o menos sobre el hecho de que Poe se caso con su prima, Virginia Eliza Clemm cuando la una tenia 13 años de edad, y el otro 27. Un sujeto de unos 25 años, de esos que lo saben todo, se quejaba escandalizado de un acto ocurrido en Baltimore en 1835 al amparo de la ley vigente; y exigía se dejase de considerar a Poe como un gran genio, puesto que en su cabeza inundada de canabis (para bien o para mal), era inaceptable que un artista pudiera ser brillante, y no tener al mismo tiempo una conducta irreprochable, ya no en su propio tiempo, sino en todos los tiempos. Yo, por mi parte, comente que no era posible juzgar un acto ocurrido hace casi dos siglos, con la moral del tiempo actual, a lo cual el imberbe me miro y zanjó la discusión con un rotundo: “si puedo”.

Si bien, entiendo que el quejumbroso en cuestión es tan irrelevante que ya ni siquiera su nombre recuerdo, y que haga lo que haga, su existencia sin duda no garantiza la cura para el cáncer, ni su muerte nos robara la paz mundial; no deja de llamar mi atención la manera en que, su generación ha adquirido una suerte de moralismo, semejante al que tenían las sociedades para las buenas costumbres de la primera mitad del sXX, y son capaces de quemar hasta el ultimo ejemplar de “Narraciones extraordinarias” al igual que lo hicieran los NAZIs en sus buenos tiempos, con cualquier libro que se correspondía con aquello que resultaba a sus ojos “depravado”.

Me resulta curiosa la manera en que, la “liga de la moral”, ya ha dejado de estar formada por cuarentones de clase media, sino que por el contrario, ahora la integran los jóvenes medianamente educados en colegios y universidades. Que si bien, analfabetas funcionales un 85% de ellos, han sin duda recorrido las aulas de las academias superiores.

No quisiera, sin embargo, dejar de aclarar que con lo que digo no pretendo hacer uso de la falacia ad Hitlerum, (simplemente hago notar el paralelismo conductual, y lo nefasto de sus consecuencias, en cualquier caso), ni estigmatizar a los usuarios del canabis como imbéciles per se, que los hay de todo tipo y talento, una cosa no tiene que ver con la otra (aunque en el caso puntual que me refiero, el sujeto en cuestión me parece ambas cosas aunque sin efecto de causalidad).

Finalmente, lo que me resulta irritante es que, el vulgo haya engrosado sus filas a tal punto. Y que estén no solo dispuestos, sino prontos a depauperarse de cualquier manifestación del genio humano, con tal de ser fieles a su moralino discurso, pronunciado hasta el hartazgo en sus pequeños mundos, bajo el auspicio de sus escasas luces.

 

En cualquier caso, quisiera en respuesta, compartir este texto, de sublime belleza, que E. A. Poe le escribió a su amada Virginia, al morir esta de tuberculosis a la edad de 24 años.

 

Annabell Lee

 

It was many and many a year ago,

   In a kingdom by the sea,

That a maiden there lived whom you may know

   By the name of Annabel Lee;

And this maiden she lived with no other thought

   Than to love and be loved by me.

 

I was a child and she was a child,

   In this kingdom by the sea,

But we loved with a love that was more than love—

   I and my Annabel Lee—

With a love that the wingèd seraphs of Heaven

   Coveted her and me.

 

And this was the reason that, long ago,

   In this kingdom by the sea,

A wind blew out of a cloud, chilling

   My beautiful Annabel Lee;

So that her highborn kinsmen came

   And bore her away from me,

To shut her up in a sepulchre

   In this kingdom by the sea.

 

The angels, not half so happy in Heaven,

   Went envying her and me—

Yes!—that was the reason (as all men know,

   In this kingdom by the sea)

That the wind came out of the cloud by night,

   Chilling and killing my Annabel Lee.

 

But our love it was stronger by far than the love

   Of those who were older than we—

   Of many far wiser than we—

And neither the angels in Heaven above

   Nor the demons down under the sea

Can ever dissever my soul from the soul

   Of the beautiful Annabel Lee;

 

For the moon never beams, without bringing me dreams

   Of the beautiful Annabel Lee;

And the stars never rise, but I feel the bright eyes

   Of the beautiful Annabel Lee;

And so, all the night-tide, I lie down by the side

   Of my darling—my darling—my life and my bride,

   In her sepulchre there by the sea—

   In her tomb by the sounding sea.

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